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El futuro es solar

O al menos para latino america

October 15, 2026

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El futuro es solar

Hace unos días, me perdí en uno de esos rabbit holes del internet: empezó con un simple artículo y terminé cuestionando el modelo energético del país. Todo empezó con este artículo de Our World in Data sobre la generación de electricidad en el Reino Unido.

El titular me sorprendió: la generación de electricidad por habitante en el Reino Unido ha caído un tercio respecto a su punto máximo a principios de la década de 2000. En 2003, a cada británico le correspondían unos 6,700 kWh de electricidad generada al año; hoy, la cifra ronda los 4,200 kWh, un nivel similar al que tenía el país a finales de la década de 1960.

Al revisar los totales, resultó que México genera más electricidad que Reino Unido. En 2025 generamos cerca de 357 TWh, frente a los 292 TWh del Reino Unido. Como referencia, en 2014 el Reino Unido generaba 338 TWh; desde entonces su producción ha seguido disminuyendo, mientras que la nuestra ha seguido creciendo. Los superamos alrededor de 2018 y no hemos mirado atrás. (Por cierto: Brasil alcanza los 750 TWh, el doble de lo que produce México).

Entonces me pregunté.

¿No se supone que los países desarrollados deben consumir más energía?

Existe una idea muy conocida: la escala de Kardashov, propuesta por el astrónomo soviético Nikolái Kardashov en 1964 (a veces atribuida, por error, a Isaac Asimov), que clasifica a las civilizaciones según la cantidad de energía que consumen. Una civilización de tipo I utiliza toda la energía disponible en su planeta; una de tipo II aprovecha la energía de su estrella; y una de tipo III la de su galaxia al completo. Bajo este criterio, la humanidad actual se sitúa en algún punto entre el tipo 0 y el tipo I: ni siquiera estamos aprovechando aún todo lo que la Tierra nos ofrece.

La regla general siempre ha sido sencilla: cuanto más avanzada es una civilización, más energía consume.

Esto es lo que hace que el gráfico sobre el Reino Unido resulte tan sorprendente. Uno de los países más ricos del mundo está generando menos electricidad que hace veinte años. ¿Acaso están retrocediendo?

El propio artículo da la respuesta, y es acertada. Parte de este descenso se debe a la desindustrialización: las fábricas se marcharon y fueron sustituidas por el sector servicios. Pero, en gran medida, se debe simplemente a la eficiencia energética: bombillas LED, un mejor aislamiento y electrodomésticos que realizan la misma tarea consumiendo una fracción de la electricidad. (Hay también una parte menor de truco contable: el Reino Unido importa hoy más electricidad de la que produce en casa.) El Reino Unido no ha dejado de realizar sus actividades; simplemente ha aprendido a llevarlas a cabo utilizando menos energía.

Mi casa y la factura de la luz

En los últimos meses, mi familia y yo intentábamos ahorrar energía en casa, principalmente por motivos económicos. La CFE (la compañía estatal de energía) hace algo absurdo: te condiciona a usar menos. Me recordó la célebre frase de nuestra presidenta: «Nuestro objetivo es bajar el precio de la electricidad. ¿Cómo lo vamos a hacer? Si se consume menos, se va a pagar menos».

El clip se hizo viral solo, pero la frase completa cuenta otra historia. Viene del lanzamiento del programa Sol del Norte, en Mexicali, donde justo después añadía que no se trataba de apagar el ventilador y anunciaba paneles solares en los techos de cinco mil casas (versión estenográfica). O sea: hasta el discurso oficial sabe que la respuesta está en los techos.

Lo que no me cuadra es la política concreta. Ese programa regala paneles a las viviendas más pobres dádivas, para decirlo rápido y a los demás nos deja esperando el turno. Desde mi punto de vista debería ser al revés: que a nivel federal cualquier consumidor pueda vender el excedente que genera. Hoy, lo que existe para el hogar es un esquema de compensación: tu excedente se convierte en créditos para tu propio recibo, no en un ingreso (generación distribuida). Si de verdad pudieras vender tu energía, millones de particulares tendrían un incentivo para producir la electricidad que el país necesita, en lugar de esperar las dádivas del gobierno.

Vivo en la Ciudad de México. El clima aquí es agradable; no necesito calefacción ni aire acondicionado para que mi hogar sea habitable. Por lo tanto, mi consumo es bastante bajo. Y, aun así, mi factura es bastante elevada. Peor aún: la estructura de precios castiga activamente cualquier intento de aumentar el consumo. Dentro del recibo, los bloques básico, intermedio y excedente suben de precio conforme avanzas; y si tu promedio de los últimos doce meses cruza el límite, CFE reclasifica todo el servicio a la tarifa de alto consumo, donde cada kWh se factura caro (tarifa DAC). En el momento en que mi gasto energético salta al siguiente nivel, el precio se dispara. Así que termino limitando mi propia vida: menos electrodomésticos, menos comodidades, todo desconectado solo para no superar un determinado umbral en la factura.

Entiendo la lógica que hay detrás. Cuando la red eléctrica está al límite, presionar a los consumidores para que reduzcan su uso es una forma de mantener la estabilidad. Pero pensemos en lo que esto dice de nosotros: hemos creado un sistema que pide a sus ciudadanos que consuman menos energía, en lugar de uno que produzca más. Si queremos avanzar como civilización —recordemos la escala de Kardashov—, necesitamos más energía, no menos. El reto consiste en producirla sin castigarnos a nosotros mismos.

¿Y de dónde viene esa electricidad?

En verano, la contaminación en la Ciudad de México se dispara, y parte del problema tiene nombre y apellido: Tula, Hidalgo. Ahí está la termoeléctrica Francisco Pérez Ríos, que quema combustóleo, una de las formas más sucias de generar energía —con un 3 % a 4 % de azufre, cuando la norma permite el 2 % (especialistas)—. Estudios que modelan sus emisiones muestran cómo el penacho llega hasta el Valle de México, y hay quien calcula que la planta aporta hasta el 50 % del dióxido de azufre de la región (energía). En 2020, además, especialistas advirtieron que dicha contaminación agravabó los efectos de la pandemia para las personas que la respiraban.

Yo lo viví. Durante el encierro recuerdo las calles completamente vacías: ni un solo automóvil en la ciudad. Y, aun así, los niveles de contaminación seguían siendo altísimos. Los datos confirman la impresión: en la ZMVM dejaron de circular el 60 % de los vehículos y el monóxido de carbono bajó 28 %, pero el ozono —el que desata las contingencias— no mejoró (SEDEMA).

Básicamente: generar nuestra electricidad nos está matando.

Lo extraño de la vida moderna

Hay algo en lo que pienso constantemente. Cuando era niño, en los años 90 y principios de los 2000, mis padres sin duda tenían dificultades para pagar los gastos de la casa. Pero la factura de energía nunca fue el problema: quizás olvidábamos pagarla a tiempo, pero el costo de la misma nunca resultaba escandaloso. Pensemos en la tecnología de aquella época: un solo foco incandescente de 60 a 100 W consumía más electricidad que toda la iluminación LED que tengo hoy en casa. Encender el viejo televisor suponía un gran consumo energético; una vez abrí uno pequeño y recibí una descarga eléctrica de su transformador. Todo funcionaba con aquellos transformadores pesados e ineficientes.

¿Y hoy? Nuestros transformadores son electrónicos, nuestras luces son LED y nuestras pantallas consumen muy poca energía. Tenemos más dispositivos que nunca, y cada uno de ellos utiliza menos energía que sus predecesores. Incluso las computadoras de trabajo consumen menos energía.

Y, aun así, la factura sigue subiendo. Entonces, ¿qué está pasando?

Está claro que consumir menos no es la verdadera solución. La eficiencia no es lo mismo que la austeridad. La vida moderna implica utilizar más energía, pero de una forma más inteligente y producida de manera más limpia.

Vivimos en el lado soleado del planeta

El Trópico de Cáncer cruza México de lado a lado, y el país baja hasta los 14° de latitud norte: estamos mucho más cerca del ecuador que Europa o la mayor parte de Estados Unidos. Recibimos, por eso, una mayor radiación solar que ellos. Alrededor del 70 % del territorio nacional recibe más de 4,5 kWh de energía solar por metro cuadrado al día.

Para ponerlo en perspectiva: México genera unos 357 TWh de electricidad al año. Con paneles de hoy, un cuadrado de unos 30 km por lado —unos 900 km²— en el desierto de Sonora cubriría esa cantidad entera. ¿Cuánto es 900 km²? Menos del 0,05 % del territorio nacional.

No pretendo que esto sea un paper científico. La famosa versión de este ejercicio habla de un cuadrado de 25 km por lado con paneles de hace una década; con el consumo de 2025 y con los paneles de hoy, el cuadrado crece un poco. El punto se mantiene: una fracción ridícula del desierto basta.

Y, sin embargo, a las políticas públicas nunca les ha interesado realmente este tema. El modelo de incentivos de la gran empresa estatal consiste en cobrarnos más por cada kWh que consumimos, no en liberarnos de la factura. Nadie en este sistema está realmente motivado en que el consumidor produzca su propia energía.

En la práctica, ¿cómo sería?

Siendo honestos: una instalación solar es costosa y, si no eres propietario de tu vivienda, puede no tener ningún sentido; inviertes el día de hoy, pero mañana te mudas y es otra persona quien aprovecha el beneficio. Es una realidad, pero una política pública resolvería este problema.

Si el consumo diurno se cubre con paneles solares, la mayor cantidad de energía requerida estaría cubierta, dado que la vida transcurre durante las horas de sol: trabajar, cocinar, lavar la ropa, transportarse. Por la noche descansas viendo la televisión o escuchando música, actividades que consumen menos energía por menos tiempo. Solo tendrías que pagar a la compañía eléctrica por el consumo nocturno. Y sí, esa energía nocturna podría seguir proviniendo de la quema de combustibles, pero la cantidad total de combustible quemado se reduciría drásticamente.

Ahora llevemos esta idea a mayor escala. El área metropolitana del Valle de México mide unos 7,866 km²; su 10 % son unos 786 km², casi lo que ocupa el cuadrado del desierto. En otras palabras: con poco más del 10 % de una sola ciudad cubierto de paneles, México entero tendría su electricidad. Simplemente los techos de las grandes ciudades de América Latina están ahí, vacíos, bajo uno de los mejores soles del mundo, y no hay política pública que vea esto.

El futuro no debería oler a humo

Como sociedades latinoamericanas, debemos impulsar la energía solar a nivel doméstico y el autoconsumo, y depender menos de un sistema centralizado que —dejando a un lado el tema de los apagones— ninguna compañía eléctrica de la región avanza al ritmo que necesitamos.

Porque si queremos que nuestras economías crezcan, necesitaremos más energía, no menos. Y cada vez que un país ha necesitado mucha más energía en poco tiempo, la vía por defecto ha sido quemar más combustibles fósiles. Esto no puede ser nuestro futuro.

El futuro debería consistir en ciudades llenas de paneles solares y edificios energéticamente eficientes; con techos que generan energía mientras nosotros trabajamos. Quizá hasta lleguemos al punto de que tantos paneles obliguen a los aviones a ajustar sus rutas a ciertas horas por el reflejo. Sería un buen problema a tener.

Y no estamos solos en esto. La misma lógica se aplica a gran parte de África, zonas de Asia y Oceanía; pero América Latina tiene una oportunidad de oro en convertirse en la primera región en dominar la energía solar.

Así que, la próxima vez que llegue tu factura de electricidad, antes de enojarte por el costo, mira hacia tu techo.